Una vida en el Club de Mar

Bernardo Vaquer entró a trabajar en el bar en 1972 y ha cumplido medio siglo repartiendo cafés y sonrisas

Se puede decir sin  miedo a equivocarse que el Club de Mar ha sido su vida. Bernardo Vaquer ha pasado casi toda su vida en el Bar La Marina, medio siglo para ser exactos. Es una de esas personas que convierten al club en mucho más que un club y, como le gusta decir a él mismo, se nota que ‘siente los colores’. Entró a trabajar como aprendiz de camarero en 1972, cuando empezaron a funcionar tanto el club como el bar y se ha despedido ya de su vida laboral activa tras prejubilarse el año pasado. Bernardo ha visto pasar por delante de sus ojos todos y cada uno de los momentos de la historia del Club de Mar y él mismo se ha convertido ya en parte de esa historia.

Conversamos con él en una mesa de la terraza de su bar. No ha perdido ni un ápice de esa bonhomía y capacidad de comunicación de sobra conocida y reconocida por todos.

-¿Cuándo comenzó a trabajar en el Club de Mar?

-Fue en 1972. Yo tenía 14 años pero ya estaba trabajando en un restaurante, el Celler Catalán. Un primo mío me dijo que había trabajo aquí y me vine para acá. Venía de cobrar 4.000 pesetas por doce horas de trabajo sin estar asegurado y ya cuando entré aquí, comencé cobrando 6.500 pesetas por ocho horas y asegurado. La diferencia era muy grande. Yo pensaba que iba a entrar en el Hotel Fénix de botones, porque pensaba que mi primo trabajaba allí. Al principio estuvimos tres meses limpiando y ordenando el local para organizarlo todo y fue entonces cuando por fin abrimos el bar.

-¿Cómo era el club cuando usted lo conoció?

-Cuando yo llegué en el club había cuatro barcos: el Coronado, el Mono Blanco y poco más. Entonces había una tienda de efectos navales, una peluquería, el supermercado, una boutique de ropa de mujer y Camper&Nicholsons, que está de toda la vida y que tenía como director al hermano de la famosa Tita Cervera. También había mucha hostelería: dos restaurantes y la discoteca. Querían abrir un casino abajo. El material, la ruleta, las mesas de Black Jack lo trajo un yate de Francia, el Artemisa, que luego se hundió. El presidente era Javier de la Rosa, padre del actual presidente, y el capitán de puerto era Eugenio Jáudenes. Un año más tarde, llegó el señor Arrom, padre también del actual director, que se hizo cargo del club.

-¿El bar siempre ha estado entonces en el mismo sitio?

-El bar siempre ha estado en el mismo sitio, pero el primer año trabajando éramos cuatro y una persona que hacía de correturno. Luego, en 1973 nos contrató una empresa que se hizo cargo del negocio. Ellos trajeron a Rafael Lladó como jefe del bar. Fue él el que le dio una vuelta al establecimiento y consiguió convertirlo en un punto de referencia. Más que un bar era la casa de todos los marinos. Hemos llegado a ser 16 personas trabajando aquí. Don Rafael estuvo hasta 1999 cuando tuvo que dejarlo por un problema de salud y entonces me hice cargo yo del bar.

-Pero el bar se convirtió en algo que sobrepasaba lo que se espera de un establecimiento de ese tipo.

-Todos esos años se consiguió crear en el bar un ambiente único. Para los clientes esto era su casa. A menudo se iban sin pagar. Pero daba igual, cada uno tenía su nombre o su mote, guardábamos los tickets y  cuando volvían pagaban. Recuerdo que uno de ellos era un señor muy peludo. Entonces le conocíamos como Hombre Lobo y en la cuenta poníamos ‘HL’. Cuando nos preguntó qué quería decir HL le dijimos que Hombre Largo. A todos les poníamos algún mote.

-¿El idioma era un problema?

-Por entonces aquí solo había una persona que hablaba inglés, Rafael Lladó, pero nos entendíamos con todos. Más que clientes, eran como amigos. Era algo muy especial. Como ya sabíamos los gustos de cada cliente, no hacía falta ni que pidieran nada. Se lo servíamos directamente en cuanto los veíamos sentarse. Cada uno con sus características. A una señora alemana, del barco Gitano, le gustaba el café con espumita, que ahora es muy habitual, pero antes no. En cuanto la veíamos, le preparábamos su café con espumita antes de que lo pidiera.

-¿Cuál ha sido la clave para conseguir ese buen ambiente?

-Siempre lo he dicho: yo creo que no encontrarán mejor plantilla en el mundo que la que ha tenido el bar. Íbamos todos a una. En verano teníamos que abrir el bar a las nueve de la mañana, aunque la última copa la servíamos a las dos de la madrugada, pero luego teníamos que limpiar, rellenar cámaras y teníamos que cenar. Nos daban las cuatro o las cinco de la madrugada. Durante el año, cerrábamos a las doce de la noche, pero siempre algún cliente se quedaba allí mucho más tiempo, y nadie les decía que se fueran. Ellos contaban sus historias y nosotros estábamos allí para escucharlas.

-¿Qué público frecuentaba el bar entonces?

-La mayoría eran clientes habituales, capitanes de barcos, muchas familias… Algún famoso también pasaba por aquí, pero la mayoría iban al club. Esto era el bar de los marineros y cualquier cosa que pedían, los cuidábamos como oro en paño.

-Pero habrán pasado por aquí muchos famosos ¿verdad?

-Claro. Sé que por ejemplo estuvo por aquí, entre otros muchos, Julio Iglesias en un barco, pero no se enteraba nadie. Era totalmente privado. No como en otros sitios, que rápidamente se enteran los medios y va la gente a verlos o salen en televisión. Si quieres intimidad, éste es el sitio ideal.

-Las cosas eran muy diferentes entonces.

-Sí, teníamos un libro en el que estaba apuntado lo que debía cada cliente. Incluso yo, cuando dejé el bar, dejé un libro con antiguas deudas de viejos clientes, por si volvía alguno para pagar algo. Las cosas funcionaban de manera diferente. Había confianza y si alguno ponía alguna pega, pues lo dejábamos así porque si no, los que perdíamos éramos nosotros.

-¿No ha tenido alguna vez la tentación de probar a trabajar en un sitio diferente?

-Muy a menudo han venido a buscarnos para trabajar en otros sitios, a veces ofreciéndome en mi caso concreto más del doble de paga en algún local del Paseo Marítimo, pero yo siempre he preferido quedarme aquí. No me han fallado nunca en cincuenta años.

-En la fiesta de despedida del bar por las obras en el edificio principal, alguien dijo que faltaba una bebida que preparabais para la resaca por aquel entonces…

-Sí, preparábamos Bloody Marys y también una cosa que llamábamos Bullshot, que era como un Bloody Mary, pero al que en lugar de zumo de tomate le echábamos un caldo de carne inglés, el famoso consomé Campbell, que ya no se hace. Funcionaba muy bien.

-Después de tantos años, habrán pasado por aquí unas cuantas fiestas…

-Sí. Cuando se inauguró el club vino Lola Flores. Fue una gran fiesta con mucha comida y bebida. Yo ese día entré a trabajar a las siete de la mañana y salí al día siguiente a las ocho. Todas las nocheviejas cerrábamos el bar a las 10 de la noche, y volvíamos a las 2 de la madrugada y había ya un montón de gente esperando a que abriéramos. Había siempre una gran juerga la última noche del año. También cada año, con el final de la temporada hacíamos la fiesta del arenque el 1 de septiembre. Un cliente, Simon, pedía los arenques ahumados. Nosotros poníamos el cava, el zumo de naranja, el pan y la mantequilla y a las ocho y media o las nueve de la mañana, ese era el desayuno para ‘celebrar’ que se iban los turistas.

-En todos estos años ¿Cómo ha cambiado todo?

-Sí que ha cambiado. Antes era más familiar. Era otra manera de ver las cosas. Ahora me gusta cómo llevan el bar. Me habría encantado que hace un par de décadas hubiera las cosas que hay hoy.

-¿En el propio bar han cambiado también las cosas?

-Pues yo creo que es de lo que menos ha cambiado. La barra del bar sigue siendo la misma que cuando abrimos. Sí es verdad que antes no había terraza. La primera vez que pusimos terraza fue para la boda entre María Salas y el Príncipe Tchkotoua. La barra del bar era lo que llamábamos la ‘milla de oro’. Ahí es donde se concentraba toda la gente e incluso algunos tenían su sitio fijo en la barra.

-Había auténticos personajes míticos que han marcado la historia del bar ¿verdad?

Por supuesto. Joanna Tringham, que era el alma de todas las fiestas, una mujer guapísima, el ‘Capitán Nemo’, que tiene incluso una placa en el bar y que tenía su sitio fijo. Era un hombre mayor, con barba y su gorra marinera, que actuó como figurante en la película Moby Dick protagonizada por Gregory Peck. Todos los días le guardábamos dos ensaimadas y una shandy a mediodía. Otro cliente tenía un sitio fijo en la esquina de la barra. Incluso se trajo un taburete para dejar claro que ese su sitio era ese. Al final me provocaba un conflicto con otros clientes y tuve que deshacerme a escondidas del taburete para evitar problemas y le dije que lo habían robado por la noche. Había otro personaje, John Dalmedo, un gibraltareño muy gracioso que siempre venía con historias surrealistas que siempre estaba de broma.

-Tiene que haber habido sus momentos buenos y sus momentos malos, pero parece que el Club de Mar ha sido su vida, una realización completa a nivel personal y a nivel profesional.

– He pasado aquí toda mi vida prácticamente. No es un trabajo. Ha sido mucho más. Yo aquí he sido aprendiz, ayudante, subcamarero, camarero, jefe de sector y jefe de bar. Para mí ha sido mi casa durante medio siglo.

 

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